Aún recuerdo cuando sentados en un banco del parque Rivadavia, Nacho me contó la perturbadora historia:
“Si bien había logrado narcotizar la pena que me provocaba aquella inesperada soledad, doce años de convivencia no se olvidan de un día para el otro. En especial en un hombre como yo, que me aferré a una relación adormecida pero segura”.
Presunta estabilidad que se desvaneció en cuanto su mujer armó las valijas y decidió abandonarlo. De casa al trabajo y del trabajo a casa, con breves intervalos para comprar lo necesario, y vuelta a empezar. “Como una noria” musitaba cada vez que veía su reflejo en los escaparates del barrio.
“Estaba cómodo transitando una rutina, sin embargo odiaba esa nueva rutina”, subrayó tajante.
¡Chist!
Fue una tarde de tormenta, y en el instante en el cual el zapato izquierdo tropezaba en un charco de agua, cuando escuchó por primera vez la sibilina onomatopeya. Lo que en un principio aparentó ser una conjetura luego se transformó en una certeza.
“Todos los días, a las cuatro y media de la tarde y en el momento en que transitaba por delante de aquella vivienda, el sonido breve e intencionado surgía reclamando mi atención”.
¡Chist!
Resuelto a descubrir el misterio se situó en la vereda de enfrente del caserón y permaneció al acecho vigilando la fachada. Era una construcción inglesa, ladrillo a la vista y vigas pintadas de negro. La puerta concebida en madera de cedro exhibía un enrejado que protegía la mirilla de unos veinte centímetros de lado.
“Esperé durante unas cuantas horas y en el transcurso de las mismas, un anciano salió y entró en un par de oportunidades. Me pregunté si el hombre sería quien intentaba diariamente provocar mi interés”.
La respuesta al enigma la encontró de boca de un florista que tenía su puesto a una cuadra del allí. “De ninguna manera, caballero. Allí vive don Alberto que se marcha temprano en la mañana y no regresa hasta bien entrada la noche.”
Desconcertado, no tardó en obsesionarse con aquella intriga que por obra de azar le había devuelto algo de entusiasmo a su monótona existencia.
Chist!
Esa vez se decidió. Apoyando la cara sobre el cristal intentó curiosear a través del vidrio esmerilado. Apretó la nariz hasta deformarla y con pupilas codiciosas hurgó en el interior de la residencia. Entonces sucedió lo inesperado. La mirilla se abrió y unas manos muy blancas aferraron sus mejillas sujetándolas con osadía. Quizás fue la sorpresa, el caso es que cerró los ojos y se quedó paralizado. La torpeza del momento hizo que el beso le rozara la comisura de la boca.
“Luego unos labios sedosos y urgidos recorrieron los míos envolviéndome en un frenesí de repentina excitación”.
Como si fuera un adolescente huyó de aquella circunstancia que de tan placentera resultó dolorosa. Durante una semana evitó pasar por la cuadra. Atormentado, volvió al lugar incapaz de continuar con la prohibición que él mismo se había impuesto.
“Una mujer, cubierto el rostro con un chal, subía a un coche arropada por una enfermera”, agregó sombrío.
La voz de una vecina musitó a su espalda:
“Se llevan a la esposa de don Alberto. Pobre, la viejita está medio loca...”






