mayo 19, 2013

CHIST!


Aún recuerdo cuando sentados en un banco del parque Rivadavia, Nacho me contó la perturbadora historia:
“Si bien había logrado narcotizar la pena que me provocaba aquella inesperada soledad, doce años de convivencia no se olvidan de un día para el otro. En especial en un hombre como yo, que me aferré a una relación adormecida pero segura”.
Presunta estabilidad que se desvaneció en cuanto su mujer armó las valijas y decidió abandonarlo. De casa al trabajo y del trabajo a casa, con breves intervalos para comprar lo necesario, y vuelta a empezar. “Como una noria” musitaba cada vez que veía su reflejo en los escaparates del barrio.
“Estaba cómodo transitando una rutina, sin embargo odiaba esa nueva rutina”, subrayó tajante.
¡Chist!
Fue una tarde de tormenta, y en el instante en el cual el zapato izquierdo tropezaba en un charco de agua, cuando escuchó por primera vez la sibilina onomatopeya. Lo que en un principio aparentó ser una conjetura luego se transformó en una certeza.
“Todos los días, a las cuatro y media de la tarde y en el momento en que transitaba por delante de aquella vivienda, el sonido breve e intencionado surgía reclamando mi atención”.
¡Chist!
Resuelto a descubrir el misterio se situó en la vereda de enfrente del caserón y permaneció al acecho vigilando la fachada. Era una construcción inglesa, ladrillo a la vista y vigas pintadas de negro. La puerta concebida en madera de cedro exhibía un enrejado que protegía la mirilla de unos veinte centímetros de lado.
“Esperé durante unas cuantas horas y en el transcurso de las mismas, un anciano salió y entró en un par de oportunidades. Me pregunté si el hombre sería quien intentaba diariamente provocar mi interés”.
La respuesta al enigma la encontró de boca de un florista que tenía su puesto a una cuadra del allí. “De ninguna manera, caballero. Allí vive don Alberto que se marcha temprano en la mañana y no regresa hasta bien entrada la noche.”
Desconcertado, no tardó en obsesionarse con aquella intriga que por obra de azar le había devuelto algo de entusiasmo a su monótona existencia.
Chist!
Esa vez se decidió. Apoyando la cara sobre el cristal intentó curiosear a través del vidrio esmerilado. Apretó la nariz hasta deformarla y con pupilas codiciosas hurgó en el interior de la residencia. Entonces sucedió lo inesperado. La mirilla se abrió y unas manos muy blancas aferraron sus mejillas sujetándolas con osadía. Quizás fue la sorpresa, el caso es que cerró los ojos y se quedó paralizado. La torpeza del momento hizo que el beso le rozara la comisura de la boca.
“Luego unos labios sedosos y urgidos recorrieron los míos envolviéndome en un frenesí de repentina excitación”.
Como si fuera un adolescente huyó de aquella circunstancia que de tan placentera resultó dolorosa. Durante una semana evitó pasar por la cuadra. Atormentado, volvió al lugar incapaz de continuar con la prohibición que él mismo se había impuesto.
“Una mujer, cubierto el rostro con un chal, subía a un coche arropada por una enfermera”, agregó sombrío.
La voz de una vecina musitó a su espalda:
“Se llevan a la esposa de don Alberto. Pobre, la viejita está medio loca...”

mayo 12, 2013

PARADOJA


Abrió los ojos al dolor una madrugada de invierno. Los recuerdos eran confusos y la agonía que experimentaba no lo ayudaba en absoluto. Como el lugar estaba en penumbras apenas tuvo conciencia del sitio en donde se hallaba. Una mujer, que por su uniforme blanco supuso era enfermera, le inyectó alguna clase de calmante que además de aplacarle el  dolor le proporcionaba cierta lucidez que lo sumergía en el infierno de la incertidumbre. Sin embargo, y en cuanto vio a Daniela, recuperó la memoria. Su novia lo observaba sonriente y le acariciaba la mejilla.
-¿Y el de la moto? -preguntó vacilante.
Ella desvió la mirada.
-Los médicos no pudieron hacer nada.
Entonces recapituló el accidente y supo que el interrogatorio no se retrasaría demasiado. Aguardó a la policía durante horas. La tensa espera fue en vano. Intuyó que su padre había hecho un buen trabajo y se preguntó cuánto dinero le habrían costado los innumerables sobornos.
Salió del hospital a fines de Julio y tratando de sepultar los recuerdos y adormecer la culpa, retomó su rutina y se dedicó a acallar las voces que se habían instalado en su mente desde el mismo instante en que había recordado el incidente.
La primera vez que creyó verlo fue a la salida del gimnasio. Subió al auto y por el espejo retrovisor, la Honda negra apareció como un fantasma. Dos episodios similares a este –uno mientras conducía hacia la casa de Daniela y el siguiente cuando llegaba al estudio de su padre- lo forzaron a actuar. Si continuaba de esa manera iba a volverse loco. Averiguó la dirección del cementerio donde estaba enterrado, se acercó al lugar y después de deambular entre las tumbas, por fin encontró la sepultura. La frase que se leía en la lápida lo sobrecogió: “Aquí yace un inocente”. Miles de veces había prometido dejar de tomar y mucho menos conducir ebrio, pero la apatía siempre le ganaba la partida. En realidad y para ser sincero nunca lo había considerado seriamente. Además no tenía caso seguir lamentándose, el motociclista estaba muerto y nada iba a cambiar ese hecho.
Ingresó a la ruta 2 y se dirigió hacia la estancia familiar situada en la localidad de Dolores, lugar donde se celebraría el cumpleaños de su madre. Pronto la débil garúa se convirtió en una densa cortina de agua. Pasó por el peaje y tomó el camino de la finca que ya empezaba a enlodarse. En ese preciso momento la oscura silueta del motociclista volvió a aparecer en el espejo retrovisor. Vestía completamente de negro y la Honda centellaba bajo la lluvia torrencial. “Esto no es posible”, siseó con los dientes apretados. La moto se acercó aún más, casi estaba pegada a sus ruedas traseras. Apretó el acelerador hasta el fondo. Perdió el control del auto y quedó atravesado en medio de la carretera. Con la respiración entrecortada se aferró al volante durante una fracción de segundo. No le costó demasiado tomar la decisión y salir a enfrentarlo.
-¡Dejame tranquilo! -gritó desencajado.
Lo último que escuchó fue el rugido salvaje de un motor. Los frenos del Mercedes que trasladaba a sus padres no pudieron evitar el impacto.

mayo 05, 2013

LA PAUSA


Limpié los restos de salsa que me manchaban la boca y devoré las migas de pan que quedaban sobre el mantel. Después de comprobar que mi prole continuaba enfrascada en una guerra interminable por la posesión del control remoto del televisor, supe que cuando se está harto, hay que hacer una pausa. Caminé hacia la puerta de casa y huí a la calle intentando dejar atrás el sainete familiar. Me senté en el cordón de la vereda, encendí el último cigarrillo que conservaba y lancé una mirada al cielo. Inclinado sobre mis piernas descubrí que ya era tiempo de cambiar las suelas de mis zapatos, pues el hilo de la costura del botín derecho amenazaba con rasgarse en el momento menos oportuno.
El constante ir y venir de la gente no fue suficiente obstáculo como para no verla. Se acercó tambaleándose sobre unas sandalias rojas, que por su calamitoso estado, competían con el desaliño de mi propio calzado. De inmediato reconocí su impronta caribeña: generosas curvas, abundante cabellera y aquella piel morena tan distintiva. Se sentó a mi lado y dibujó una enorme sonrisa. Impresionado por la ampulosa expresión, no supe anticipar su gesto que me sorprendió con la guardia baja. Sin mediar palabra alguna, apoyó la mano sobre el cierre de mi pantalón y sus dedos expertos empezaron a acariciarme y a colarse dentro de la bragueta. Confieso que no soy del tipo que se enciende rápido y quizás por esa razón su exclamación me causó mucha gracia:
-¡Estás muerto, chico!
Fastidiada porque sus palabras no hirieron mi masculinidad, se levantó a los tumbos y partió insultando a Dios y a la Virgen Santísima. Al soltar una carcajada, que resonó a lo largo de toda la cuadra, provoqué la intriga de mi mujer que asomándose al balcón cuestionó a viva voz:
-¿Qué estás haciendo ahí afuera? ¡Te vas a resfriar!
La miré magnánimo, intenté aventurar una reflexión, pero capitulé y me fui a dormir.

abril 28, 2013

NEIGHBORS


Introducir la cuchara en la olla y olfatear el aroma del dulce es una experiencia mística, y cual ceremonia gentil, me atrapa todos los días de la semana. Sonrío, me acerco al ventanal y observo a mis vecinos con suma atención. Ellos ignoran mi existencia y además forman parte de una rutina que desconocen absolutamente: los tres compartimos  decenas de  noches en vela. En mi caso padeciendo de un insomnio crónico, el anciano transcurriendo su vida tras el cristal de la ventana y el otro, un hombre de mediana edad y que vive en diagonal a mi casa, deambulando durante las madrugadas como si fuera un febril cazador al acecho de alguna presa que se obstina en escapar por los laberintos de su mente.
“Es novelista”, susurró una vecina del barrio. En ese momento comprendí el afán con el que a menudo aporrea las teclas del ordenador después de adueñarse de la idea, ese boceto intrigante que no lo deja descansar en paz.
Me paro en puntas de pie y estiro el brazo intentando alcanzar el último estante de la alacena. Encuentro los frascos, les quito el polvillo con un papel suave para no rayarlos y los acomodo sobre la mesada. En ese momento, el viejo abandona su puesto de centinela y atiende el teléfono. Mientras la mermelada se termina de entibiar, el hombre regresa con una taza de café y se reintegra a su destino de eterno vigía. La noche cae sobre la ciudad. El escritor sigue haciendo su trabajo. Yo, el mío.


Este relato está basado en el cuento “Mi vecino” de mi amigo HD, que con su teoría de la “retroalimentación” me inspiró para escribir esta otra cara del espejo. Gracias, Negro!
Bee.-

abril 21, 2013

EL CONCURSO


Santiago había recibido la notificación informándole sobre la obtención del tercer puesto en el Certamen Nacional de Literatura. El caso es que aún no podía digerir la decepción. Demasiadas horas, excesivo esfuerzo, sobrado corazón. Nada de eso había alcanzado para ganar. Por primera vez en su vida se permitió desnudar el alma y exponer sus secretos más íntimos en aquella novela, que sin embargo, no pudo escalar hasta la cima del concurso. Ya no importaba el criterio con el cual habían escogido al ganador, ni los posibles fraudes, ni las habladurías que siempre se circunscriben alrededor de esta clase de competencias.
Suspirando, ajustó el nudo de la corbata, se calzó la chaqueta y se dio el visto bueno frente al espejo del comedor. No estaba nada mal para un hombre de mediana edad y con escaso interés por la apariencia física.
Transitó las calles del bajo y mirando el cielo estrellado descubrió que la situación no era tan aciaga como parecía.  “Es excepcional la fachada del Palacio San Miguel”, reflexionó antes de ingresar al pabellón principal donde se desarrollaba la premiación. El evento contaba con las muestras de color que convergían habitualmente en dicho espacio: críticos literarios, escritores noveles, la elite de la comunidad editorial y algún que otro autor ilustre que, fastidiado y aferrado a una copa de vino, vagaba por el salón. Después de localizar su lugar, se acomodó en la butaca y permaneció en silencio esperando que comenzara la entrega de premios. Entonces advirtió que a su lado se ubicaban dos muchachas que no dejaban de cuchichear. La joven del vestido azul afirmó con desenfadada espontaneidad:
-Cuando recibí el llamado me quedé muda. ¡No podía creer que había ganado el primer premio! Al fin de cuentas no hice más que contar lo que sucede en el country (*). Mi querida  madre casi se infarta cuando leyó el capítulo donde relaté su affaire con el profesor de tenis.
Santiago abandonó la ceremonia sin recibir el diploma que lo consagraba como uno de los galardonados.


(*) country: Modismo. Barrio residencial.

abril 14, 2013

CAMARADAS


Entonces se entreabrió la puerta de cristal y me lancé a la calle. El aeropuerto estaba desierto a esa hora de la madrugada. Caminaba por el estacionamiento en busca de mi auto y pensaba que los amigos solamente ofrecemos modestas opiniones, pues estoy convencido de que los consejos son patrimonio de las personas arrogantes. Además, en tanto exista una pasión de por medio cualquier cosa que uno diga va a tener una importancia absolutamente relativa.
Cuando Dante se apartó del grupo y dejó de participar en el taller de experimentación genética, todos imaginamos que algo excepcional estaba sucediendo. Por esa razón, el día que Carolina hizo su entrada triunfal aferrada del brazo de mi compañero, la incertidumbre quedó atrás y la historia terminó por perfilarse. A partir de ese momento la rutina que habíamos establecido resultó obsoleta y comprendimos que nada iba a ser igual. Los horarios y proyectos estaban supeditados a las necesidades y/o deseos de Carolina y no existía discusión posible sobre el tema.
“Lo tiene agarrado de las pelotas” chillaba Iván, que era el guía espiritual de la unidad de investigación y no soportaba la inusitada actitud de Dante.
Cual tragedia griega el affaire fluctuó en un instante. El asunto se precipitó como por un barranco después de una reunión de parejas que Dante organizó en su casa con el fin de limar asperezas. Si aquella noche no hubiese corrido tanto alcohol…
Carolina abandonó a Dante la primera semana de abril y un mes más tarde Dante decidió renunciar a la cátedra que tenía en la universidad. Comprar un pasaje e irse a vivir a Alemania fue un eslabón más en la cadena de decisiones que tomó mi amigo huyendo de la amargura que lo abrumaba.
Llegué a casa y dejé las llaves sobre la mesa del living. Retiré las cortinas y dejé que las primeras luces del amanecer me lamieran la cara. Fui a la cocina, calenté café, me acomodé en una silla y aspiré tan profundo como pude.
-¿El avión salió a tiempo?
Asentí con la cabeza y permanecí en silencio.
-¿Le dijiste la verdad? –machacó incapaz de respetar mi mutismo.
-Todavía no, Carolina.

abril 07, 2013

EL FÍGARO


Desde que la barbería había abierto sus puertas, el 5 de enero de1958, don Primitivo no descuidó ni a uno solo de sus clientes. Generaciones completas de vecinos fueron depositando su humanidad en el célebre sillón granate que soportaba estoico a la insigne clientela. El barbero abría las puertas a las 8 en punto y recibía con cándido gesto a la impaciente turba masculina.
-¡Vayan pasando de a uno! –vociferaba el fígaro intentando organizar los turnos.
Alrededor de la media mañana, el pequeño salón parecía estar a punto de estallar. El tesorero del banco leía una revista de deportes y esperaba que la tintura obrara el milagro de ocultar las canas que hacía rato se empeñaban en delatar su condición de sexagenario. Dos de los pequeños hijos del carpintero aguardaban aterrados el momento en que la máquina de rasurar les esquilmara la pelambrera y los dejara calvos y dispuestos como para ingresar al servicio militar. El juez Ordoñez roncaba sin demostrar el menor complejo, mientras la señora de don Primitivo le acondicionaba las cutículas para luego embellecer las uñas de las manos.
En el momento preciso en que la brocha acababa de embadurnar el rostro del cuñado del panadero, se escuchó la voz del ex coronel Torrija que aseguró con tono burlón:
-Me alegra que la policía haya encerrado a esos vagos que se reunieron en la plaza. ¡Zurdos (*) tenían que ser!
Entonces don Primitivo supo que la función acababa de comenzar. Varios caballeros se removieron en sus butacas y un preludio de inquietud fue creciendo en intensidad. La respuesta del carpintero no se hizo esperar.
-¡Usted habla de ese modo, porque los gorilas (**) de la capital que le lamen las botas, lo ayudaron a empacharse de plata! ¡Qué falta de dignidad!
El tesorero, sujetando la cofia que le ocultaba el tinte que amenazaba con escurrírsele por el cuello, se irguió en su silla y acotó:
-Sepa disculparme estimado caballero pero usted no puede hablar de dignidad, teniendo en cuenta que es un secreto a voces que su señora esposa ha ido más de una vez a la casa del coronel a pedirle ciertos favores…
La reacción de la mujer de don Primitivo fue instantánea y mirando al tesorero dijo:
-Si es por eso, sería mejor que le prestara más atención a sus hijas. Desde que se inauguró la milonga no hay mozo que no las termine llevando para el campo.
Debido al griterío, el juez Ordoñez despertó de su letargo y con los ojos redondos como platos alcanzó a balbucear algún intento de conciliación.
-Por favor señores, este no es el lugar para dirimir ciertos asuntitos.
Exhibiendo unas mejillas rojas de ira, el cartero que recién había llegado atacó al magistrado sin dilación.
-Hablando de asuntitos… ¿Cuánto cobró por suspender la clausura del puterío que instalaron en la ruta 502?
Lo cierto es que en un tris la barbería se había convertido en un verdadero infierno, pues las acusaciones iban y venían y los ánimos se tornaban cada vez más virulentos.
Entonces se hizo el silencio.
Don Primitivo, sin inmutarse, sumergió la navaja en alcohol y después de limpiarla, sostuvo con firmeza la correa de cuero que utilizaba para afilar. Colocando la hoja de la navaja en un ángulo de 90 grados impulsó hacia adelante la misma para luego girarla y empujarla hacia atrás. Mientras repetía este movimiento unas veinte veces, unos cuantos pares de ojos observaban hipnotizados el protocolo del afilado. En el instante en que la navaja del peluquero se posó sobre la garganta del cuñado del panadero, el sosiego triunfó sobre la tensa discordia.  En tanto los parroquianos contenían la respiración, don Primitivo deslizó el filo de la hoja cerca de la yugular y luego de un prolongado y teatral silencio, dijo:
-¿Sabían ustedes que a partir del año 1450, y por decisión del parlamento inglés, las sangrías, extracciones dentales y cirugías menores quedaron en manos de los barberos?


(*) zurdo: Coloq. Denominación política. Extremista de izquierda.
(**) gorila: Coloq. Denominación política. Extremista de derecha.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...